Thought Mantique: Infusión de Tomillo

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Infusión de Tomillo

   «Huele a mis abuelos». Quizá suene típico, pero el brebaje hirviente que calentaba mis manos gélidas se había convertido en mi versión personalizada de la magdalena de Proust. Recibí como respuesta a mi –en apariencia- absurdo comentario unas miradas instigadoras. «Cómo en los viejos tiempos tenían el ramo colgado…», «Claro, por las colonias de antes». No, no. No es eso. No colgaban ramilletes recién cortados en el dormitorio o en la cocina, ni se perfumaban con su esencia. 

     El tomillo desprende un olor que siempre me resultó lo suficientemente desagradable como para arrugar la nariz sin producirme arcadas. En el momento en que el aroma dulzón alcanzó mi nariz me vi transportada durante unas milésimas de segundo a un cuadro colgado en una repisa de mi mente. De tonos ocres y con un brillo que sólo otorga la luz matinal, debajo cuelga la etiqueta de «hogar». Si pudiera sumergirme entre sus trazos, escucharía las noticias de la uno, en aquel telediario matutino de las nueve y algo. La cucharilla que golpea los bordes un vaso opaca la voz del televisor incluso antes de entrar en la cocina. Somos unos entes despeinados, en pijama y con el sueño aún de pendón en nuestros párpados, caminando con los pies arrastras, quizá temiendo que al avanzar con rapidez el día se nos escape de las manos. Les veo y les permito que me vean en igualdad de condiciones. 

     «¿Quieres un poco de té?» Pregunta mi abuela. No gracias, prefiero leche. Ella deja de mezclar la miel con la cucharilla y convierte la primera comida de mi día en su prioridad. Unas quesadillas, un huevo revuelto, y una leche con tanto chocolate que sólo me gusta cuando la hace ella. Sólo si la hace ella no empacha. A veces el cariño no resulta empachoso. 

     Desayunamos, y les veo beber aquel té con el tomillo del jardín que impregna la cocina con su fragancia. Mi abuelo lleva sus zapatillas raídas y tan gastadas que parecen ya la marca inmutable de su existencia. Nuestros pijamas son mellizos, nacidos en el vientre de la misma fábrica. Escuchamos cantar algún pajarillo que se ha colado en el jardín techado, por donde el sol entra tintando las ventanas de la cocina de un brillo desenfocado. El pan tostado salta, y cómo siempre, se han quemado las puntas. Cuánto tiempo tiene la tostadora, nos decimos. Cuánto tiempo tenemos nosotros, pensamos. 

     Me sentí transportada a la imagen antes cotidiana y ahora idílica. El té merecía algo mejor que quedarse en la taza a enfriar. Las buenas memorias se han de agradecer. 

     No me gusta el tomillo, pero hoy me he bebido un vaso de infusión.

8 comentarios :

  1. Por un momento me he transportado a este cosmos íntimo y nostálgico que has creado, esta magia, este hogar.
    Echaba de menos pasarme por aquí para leerte :)
    Un beso, Thought.

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    1. Gracias por tus palabras Rosa, yo también echaba mucho de menos el estar activa en el blog. Ahora que recupere esa constancia quiero volver a sentirme conectada con todos los blogs que sigo, que también extraño pasarme por ellos, el tuyo incluidísimo, por supuesto.

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    1. Me alegra que te haya transmitido esa nostalgia que pretendía, un saludo.

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  3. Que razón tienes...cuántos veces un simple aroma nos puede llenar el pensamiento de maravillosos y bonitos recuerdos...

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    1. Los sentidos son muchas veces catalizadores de recuerdos, pero pocas veces nos damos cuenta del poder de asociación a la memoria tan gran de que tienen.

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  4. Que bonito escrito...gracias por compartirlo.
    Saludos.

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    1. De nada, me alegra que te haya gustado. Un saludo.

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