Thought Mantique: Ejercicio de escritura 1: Observación y descripción

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Ejercicio de escritura 1: Observación y descripción

El pavimento resultaba impoluto - por más impoluto que pudiera antojarse una calle cualquiera de una capital como el Distrito Federal - hasta que los ojos se deslizaban al inicio de un rastro de humedad que parecía haber surgido por generación espontánea. Uno entonces, si resultaba un observador de la escena, descubría el bloque rectangular de hielo que parecía gruñir al rozar su superficie contra el asfalto del suelo. El reguero que dejaba el deshielo del bloque marcaba una sinuosa senda que permitía al avispado contemplar el camino que seguía aquel hombre joven que le arrastraba impulsado por sus piernas. El frío no parecía resultar un impedimento para sus manos desnudas, que se aferraban a los bordes como si se tratara de un mero mueble de madera condenado a una mudanza o al abandono. Quienquiera que tuviese la curiosa fortuna de toparse con aquel caminante no podía evitar girar la cabeza y seguirle con la mirada hasta que se hubiera perdido al girar la esquina de alguna intersección. Una mera reacción espontánea, pero que no iba más allá de esa levedad en el gesto. En las capitales la excentricidad pasa desapercibida.
El hombre miraba fijamente hacia delante, centrado en su tarea sin dirigir palabra a los transeúntes que bordeaban su camino. Atravesó calles estrechas así como avenidas peatonales bordeadas de comercios con la persiana echada, cruzando por los pasos peatonales aunque sabía que el riesgo de ser atropellado era el mismo que caminando por la calzada; en México el conducir se regula bajo las leyes del que pise más a fondo el acelerador y el que grite el insulto más creativo, por lo que las señales de tráfico, fuera de los semáforos que se respetaban con cierta regularidad, resultaban prácticamente inexistentes; el típico coche europeo de cuatro plazas diminutas sería el almuerzo de los monovolúmenes y robustos coches americanos que abundan por las calles. 

No se detuvo en ningún momento, ni siquiera ante aquel comercio cuyo nombre adornaba un toldo sobre la puerta que haría que cualquier adolescente avispado diera un codazo a sus amigos para señalar y reírse. En el país del doble sentido uno no podía sino preguntarse qué hacía un negocio con un nombre tan poco afortunado. Los porteros de los restaurantes giraban la cabeza y mantenían sus posturas en cuanto le venían venir, tras lo cual le seguían con la mirada hasta perderse. Hay conductas que suscitan más preguntas que respuestas no debería acercarse demasiado. 

Aquel pedrusco anguloso comenzaba a disminuir en tamaño, pero no así el ímpetu con el que el hombre empujaba el bloque, si bien había de encorvarse cada vez más para poder empujar aquella masa helada. El reguero de agua que dejaba su camino comenzaba a perderse entre la distancia recorrida, los giros y cambios de sentido, y la evaporación por el sol casi en su cenit. Cuando el bloque alcanzó una altura más baja que sus rodillas se vio obligado a utilizar el pie –casi siempre el derecho- para empujarlo con firmeza pero sin llegar a lanzarle una patada, para propulsarlo por el suelo evitando que se quebrara. Encendió un cigarrillo y lo sostuvo entre los dedos de la mano izquierda mientras continuaba la marcha. Llegó a unas escaleras por los que utilizó las manos para bajar el hielo ahora reducido al tamaño de un ladrillo grande, peldaño a peldaño, dejando que el lado que rascaba el suelo tocara cada uno de los escalones de baja altura. 

El antes rectángulo empezaba a convertirse en un óvalo irregular mientras los pies del hombre lo movían de manera acompasada a sus pasos. Su figura no resultaba tan llamativa, pues cualquiera tiene la licencia de arrastrar con los pies la basura encontrada, pero no cualquiera sale impune de las miradas indiscretas cuando empuja un bloque de hielo por la calle. El bloque robusto pasó a ser una diminuta piedrecilla en comparación con sus dimensiones iniciales. Empujar aquel objeto a punto de perder su solidez parecía haberse convertido en algo insustancial, una inutilidad. Dio un último toque con el pie y se alejó andando, dejando el casi inexistente hielo a merced de las miradas curiosas de unos niños que se sentaron a horcajadas en el suelo, contemplando finalmente un diminuto charquito en donde había estado aquella piedrecilla. 

Sonrieron casi extasiados.  


(Aquí el vídeo que se describe: http://www.youtube.com/watch?v=ZedESyQEnMA)

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