Thought Mantique: El café frío es de mal agüero

Bienvenidos


16 de julio, 2021.

Rescato un microcuento que presenté a una convocatoria para Sant Jordi en 2020: Cruces.

Para un relato más largo, El café es de mal agüero es una lectura rápida que espero disfrutéis.

Ya sea por accidente o por que me buscabas, agradezco enormemente tu visita y te invito a quedarte en este pequeño rincón.
- TM.
This is an example of a HTML caption with a link.

El café frío es de mal agüero

El café no debe enfriarse... si se te enfría es de mal agüero, me decía Yayo cuando yo era pequeño y sorbía a escondidas de aquel brebaje que él preparaba tres veces al día en un ritual religioso. No bebía nada más que café, y decía que a esa edad uno necesita gasolina para el motor. Por entonces yo no sabía de qué hablaba, ni a qué motor se refería o dónde guardaba la gasolina en casa. Permanecía en silencio mientras le veía con la taza de aluminio blanco abollada, con los bordes de azul metálico, dando sorbitos hasta que aquel lago parduzco desaparecía y solo quedaban los posos en los que perdía la mirada.

Tras comer, Yaya desaparecía en la cocina. Él me hacía una seña: un movimiento casi imperceptible de sus cejas pobladas y de su índice izquierdo golpeando dos veces la mesa. Acercaba mi silla a la suya y asomaba mi nariz por encima de su taza. 

—¿Quieres? —me decía con su voz rasposa de tantos años de tabaco. 

Yo le contemplaba por debajo del flequillo rebelde que negaba a cortarme y le mantenía la mirada sin parpadear; él lo tomaba como un sí. Con su dedo nudoso me acercaba la taza y yo, al principio con muchos ánimos y después con la exaltación de cumplir un ritual cotidiano, la cogía con mis manos huesudas y apuraba un trago. Él me miraba ceñudo mientras yo intentaba no evidenciar mi repulsión a ese amargor. Era una prueba: sabía que había aprobado cuando él me quitaba la taza y me daba una palmada en la espalda.

—Muy bien, chico. 

Yaya sabía que me bebía su café y siempre le reñía. Al principio hablaba en serio, señalándole con una mano mientras con la otra se atusaba la falda. Al final, así como el sorber de su taza, los reproches de Yaya eran un juego, una tradición más de sobremesa.

—No le des eso al niño, a ver si le va a sentar mal —le decía asomando la cabeza de la cocina.

—No le estoy dando nada.

—Sí, ya, será que la edad me hace ver cosas.

—Será.

No prestaba atención a los presagios de Yayo, aunque a veces fueran tan certeros como la sabiduría que le proporcionaban sus años. Se me antojaban de lo más extravagantes y prefería ignorarlos en la medida de lo posible, situación que fue aumentando conforme crecía y el idealismo infantil me abandonaba. A pesar de eso, no puedo evitar sino aceptar su influencia. Desde entonces he sido incapaz de soportar la visión de una barra de pan del revés o de disfrutar de una bebida fría más que de su contraparte caliente… antes abrasarme la lengua que sentir una tibieza asfixiante, por extraño que pueda parecer. 

Uno cree que las supersticiones de la familia se abandonan al mismo tiempo que se renuncia la infancia, la inocencia, y la creencia férrea en quienes son nuestros superiores, pero todo lo contrario. Por más que sepas que una superstición no es más que un conjunto de falacias y de costumbres extravagantes sin sentido, éstas acaban formando parte de tu vida. Los reproches que tanto odiabas de pequeño se convierten en tus mantras.

Aquel día apenas había terminado de servirme una taza humeante de café recién preparado, el aroma impregnándose en la cocina de azulejos anaranjados. Me encontraba a media acción de sentarme cuando el teléfono irrumpió con su llamada estrepitosa. Gruñí y me quejé sonoramente, deseando el silencio y la soledad en el refugio que era mi cocina, donde nadie podía entrar sin un permiso expreso mío. Incluso cuando recibía visitas intentaba por todos los medios que nadie se acercara a este pequeño rincón y que lo profanara con su presencia, con sus ruidos y sus aromas. Daba igual si se adentraban en el dormitorio o toqueteaban los libros de las estanterías, pero ni un alma debía cruzar el umbral que separaba la cocina del resto del apartamento. Era mi tierra santa y me negaba a que nadie que no fuera de íntima confianza lo profanara con su presencia. Quizá esa palabra es demasiado: profanar, pero la existencia humana es mucho más perceptible en los detalles diminutos y eso se evidencia mucho más en un espacio pequeño y cuidado como lo era mi cocina. La gente no tiene respeto por lo ajeno: entran haciendo ruido, manchan el suelo con las huellas de sus zapatos, se rascan el cuerpo soltando motas de polvo y de piel muerta, recargan su peso en los muebles dejando huellas y un rastro oleoso de sudor, abren cajones, contemplan sin discreción, se sientan impúdicamente en cualquier lugar libre que vieran… Podía tolerarlo en cualquier parte menos en la cocina.

Dejé la silla separada de la mesa, esperando poder sentarme lo antes posible y disfrutar de mi desayuno en paz. Oteé desde el umbral la taza de café casi como si temiera en un acto primitivo que esta desapareciera o sus propiedades se desvanecieran si le daba la espalda. Era una creencia absurda  profundamente integrada en mi persona que evidenciaba mi aprecio por ese espacio de cinco por cinco y el humeante brebaje que me esperaba. 

Recuerdo descolgar el auricular, la voz de mi padre temblando al otro lado de la línea me decía que Yayo se había caído, y luego solo oía su voz sin encontrarle sentido a lo que decía. Las palabras me traspasaban como el viento a las cortinas y así como el aire mueve la tela, la voz de mi padre se ondeaba formando imágenes que iban y venían como la marea: una sala de hospital, una cama de sábanas ásperas, un gotero, un pasillo, y el color rojo y el blanco danzando como dos líquidos de densidades diferentes, luchando entre torbellinos intentando devorar a su oponente. 

Una vez hube colgado volví a la cocina y me derrumbé en la silla. Recargué los codos sobre la mesa y dejé que se deslizaran hasta que mi rostro tocó la madera pulida. El tacto conocido pareció insuflarme algo de la energía perdida en aquella llamada de teléfono. Me sentía totalmente drenado. Una parte de mí había sido engullida por el auricular del teléfono y no tenía esperanzas de que ésta volviera. Con una mano me atusé el cabello con fuerza, sintiendo las uñas arañarme el cuero cabelludo, y con la otra cogí la taza con temblores evidentes y di un sorbo con fuerza a la taza. No escupí de milagro, y tragué con fuerzas el sorbo de café.

Estaba helado. 

No hay comentarios

Publicar un comentario

Thought Mantique © 2016
Design: WS