Thought Mantique: Vida a media tarde

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Vida a media tarde

   Anton se levantaba cuando la madrugaba aún no rozaba las montañas del horizonte. Se vestía con el traje de siempre y variaba la camisa correspondiente, aunque a ojos externos esa austeridad y patrones similares se clavaban en la pupila y hacían del resto un mero símil. El café cargado le recomponía las cuerdas vocales silenciadas por la noche, mientras la tostadora ronroneaba preparando su escueto desayuno. Bebía y miraba por la ventana la inmensa oscuridad que poco a poco era engullida por la pálida luz matinal, revelándole los contornos difuminados de los edificios en la lejanía. A sus espaldas, el bullicio hogareño de una familia de tres le abrazaba los omóplatos con la dulzura de la rutina. 
     Los minutos volaban y pronto se veía cargando un maletín oscuro por un lado y un brazo menudo de su hija menor por otro. El coche se sentía a rebosar sólo por el hecho de verse repleto de expectativas para un día que se labraba en condicional, y las calles atestadas de vehículos contribuían a perpetrar aquel instante tan interiorizado para Anton, como él se integraba en el momento.

     Sería el suave deslizamiento de la puerta de cristal en sus goznes, o el taconeo de sus mocasines baratos en el linóleo, o incluso el frío pedregoso que se adhería a la piel al entrar en el ayuntamiento lo que le devolvía a la sórdida realidad. Siempre el mismo hábito: llegaba a su despacho, se desprendía de todo aquello que le sobrara y se dejaba caer pesadamente en el asiento, colgando su cabeza hacia atrás. Ahí permanecía inmóvil hasta que la primera llamada rompía toscamente su ensueño y atronaba con su reverberación las paredes blanquecinas. Se daba el lujo de dejar pasar cuatro gritos ansiosos del aparato hasta que se rendía ante su poder impalpable. 

     La mañana discurría entre llamadas telefónicas, visitantes cargados de cumbres de papeles que a sus ojos diminutos que parpadeaban con lentitud parecían cimas inalcanzables, y el traqueteo incesante de las teclas del ordenador. A veces la lluvia golpeaba la microscópica ventana que se encuadraba en una esquina, y otros días el sol imperioso la atravesaba fulgurante, sin filtros, quemando todo lo que su haz luminoso tocaba. Desde esa minúscula hendidura en la pared, podía vislumbrar un trozo de pavimento corroído por la intemperie de la ciudad. Una grieta se perpetuaba en el concreto, dejando entrever la tierra aplastada que supuraba desde el interior. Era en ese resquicio donde Anton se permitía en ciertos momentos perder la mirada y ahogar todos sus pensamientos, hasta que estos se convirtieran en una melaza espesa y multicolor. 

     Siempre miraba el reloj de pulsera cuando sólo quedaba un cuarto de hora para que la manecilla más diminuta apuntara hacia el tres negro y mate. Era una curiosa casualidad que le acompañaba asido a la misma muñeca apresada por aquel artificio de irrealidad temporal. En esos quince minutos se dedicaba a preparar la próxima jornada de trabajo, a firmar papeles garabateados, a enfilar documentos en sendas carpetas amarillentas, y a colocarlo todo en una torre que parecía nunca lograr derrumbar. Todo ello con el mismo semblante estoico que le acompañaba desde que el café corría salvaje por su organismo. 

   A las tres en punto salía de allí con pasos presurosos y la mirada fija en el exterior, que se le antojaba balsámico tras tantas horas sentado en aquel despacho. No miraba a nadie, y si alguien se cruzaba en su camino respondía con una inclinación de cabeza y un gruñido apenas discernible entre murmullo de pasos. Se alejaba casi corriendo de las puertas transparentes del ayuntamiento y se perdía entre las callejuelas del casco antiguo. Se apelmazaba a la pared intentando no salirse de la estrecha acera, como aquél niño de ocho años que mantiene el equilibro en un resalto de la calle, imaginándose un suelo ardiente y viscoso que ha de evitar a toda costa. A veces tenía que serpentear por aquel laberinto casi diez minutos hasta llegar a su coche, a veces asfixiado por el sol que le atizaba toda la mañana, a veces ahogado por un torrente que parecía querer secar las nubes. Se subía, encendía la radio y se alejaba casi sin soltar el acelerador; si le hubieras preguntado si huía de algo, él se hubiera reído. 

     El mediodía se le escapaba de las manos así como la arena rehuye un reloj; entre recoger a sus hijos, hacer la comida, limpiar la cocina y hacer preparaciones para la cena, se quedaba sin un solo minuto para sentarse en el sofá y permitirse dormitar y recomponer su espíritu mermado. A las cinco menos cuarto ya se encontraba despojado de aquel traje cuyo gris se traslucía hasta sus pupilas. En cambio, un mono holgado le cubría una camiseta oscura y cuyas manchas se perpetuaban más allá de los tristes intentos de la lavadora por exterminarlas. Unas botas cómodas y negras finalizaban aquel conjunto tan contrastante al reflejo que le devolvía la mirada por la mañana. Se cargaba bajo el brazo una libreta al límite de su capacidad y acomodaba los diversos papeles que sobresalían. De nuevo, caminaba hasta su coche dispuesto a emprender el camino de regreso al centro de la localidad. 

     Ahora sus pasos eran casi líricos; sus pisadas eran casi imperceptibles debido al poco peso que depositaba en ellas. Su pecho estaba henchido y sus hombros tensos hacia atrás, mientras su cabeza se elevaba con una seguridad casi imperceptible unas horas antes. Exactamente, cuando sólo quedaban cinco minutos para la hora en punto, llegaba a un pequeño local en una callejuela que conectaba con la arteria principal de aquella urbe. Se daba el lujo de contemplar cada detalle de su negocio: La puertas transparentes con pomos de madera que imitaban enredaderas, macetas de gardenias y amapolas que arrastraban sus tallos fuera intentando captar la mayor luz solar posible, las decoraciones y arreglos que descansaban en los escaparates. Los miraba y el cansancio se evaporaba, tan lentamente, que era capaz de percibir ese vaciado interior. Contemplaba aquel pedazo de su alma que cada día luchaba por sobrevivir a las inclemencias. 

     Ahí iniciaba el día de Anton, cuando la persiana de su negocio de arreglos florales se elevaba altiva por encima de su cabeza, y escuchaba el chasquido sordo del enganche que la aguantaba en su sitio. En ese momento comenzaba a sonreír.

2 comentarios :

  1. Te vuelvo a comentar, pues. Aun así al releerlo me he dado cuenta de más detalles y tal.

    Me ha gustado mucho y creo que tu forma de narrar pega muy bien con los detalles de la rutina. Te sientes pesado, costoso en cuanto a los movimientos, el reloj te agobia, sus agujas te golpean, tic tac, tic tac, igual que los pasos por las calles (mi ciudad se basa en calles como la que has narrado).
    Aparte me ha llamado la atención que sea un hombre solo el que cuide de la familia, sin mujer alguna, y que resucite cada tarde. Lo cierto es que no fue hasta que releí el título cuando comprendí en sí el texto.

    Me ha gustado, chi. Enhorabuena :)

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    Respuestas
    1. Que raro que no lo haya recibido :/... en fin.

      Me alegra saber que te ha gustado (y además mucho). La rutina sólo es asfixiante cuando involucra algo que nos mata por dentro. Mi ciudad-pueblo también es de ese estilo, de ahí la inspiración.
      La verdad es que lo de la mujer lo dejé ambiguo, supongo que el hecho de que cocine y limpie da esa idea, ¿no? pero, ¡ah! quién sabe... ;)

      ¡Gracias por el comentario y por gastar tu tiempo en este relato!

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