Thought Mantique: El nombre

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Ya sea por accidente o por que me buscabas, agradezco enormemente tu visita y te invito a quedarte en este pequeño rincón.

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El nombre

     Casa por casa pregunté el nombre de un rostro que buscaba, pero cada puerta que se abría era un paso en falso. Quien mostraba certeza sobre el dueño del nombre no hacía más que alimentar mis ilusiones, tras lo cual, al ver el rostro de quién me indicaban, se deshacían como el hielo sobre una sartén ardiente. 

     Había sobrevolado un océano casi infinito, y recorrido un número de cinco cifras de kilómetros para encontrarme con una búsqueda desesperada que no parecía dar ningún fruto. Nada más aterrizar, sin haberme repuesto del viaje, pagué un tour en helicóptero y sobrevolé la zona. Un mapa sobre mi regazo y un bolígrafo en mi mano fueron los aliados de mis ojos: contemplé todos los barrios residenciales que me resultaban una posibilidad, por ínfima que fuese. El piloto no pareció demasiado sorprendido; seguramente no era la primera persona que realizaba un viaje de ese tipo para documentarse, así que me dejó tranquila y se tomó la molestia de no incordiarme. Una hora después, estaba de nuevo en tierra firme con unas náuseas imprevistas que me aferraban la boca del estómago. Pagué un taxi y me dirigí al primer hotel que vi en la guía turística que había cogido a la salida del aeropuerto. El taxista tampoco intentó mantener una conversación conmigo, y se limitó a hablar en susurros y frases que se devoraban la una a la otra como una serpiente mitológica que engullese su cola.

     No demoré en mi habitación más de lo estrictamente necesario para poder asearme y respirar un poco antes de lanzarme hacia las cándidas calles desconocidas que aguardaban. Antes de salir me miré al espejo, infundiéndome fuerzas y valor para poder enfrentarme a ello sin tropiezos. Me contemplé con la certeza de que era mi reflejo lo que había delante, más una inquietud rumiante parecía indicarme lo contrario, seduciéndome hacia la incógnita del otro lado del espejo. Reseguí mi silueta con las yemas de los dedos, dejando un rastro de calor húmedo en la superficie pulida, antes de asfixiar aquella sensación y salir de allí con rapidez, temiendo que esas mismas dudas me hicieran arrepentirme. Era demasiado tarde para detenerse.

     Caminé hasta el barrio que se encontraba más cerca del hotel a paso rápido, sintiendo la sombra que creí haber visto más allá de mi imagen reflejada crecer a mis espaldas y pisarme los talentos. Hube llegado a la primera puerta que me disponía a atravesar con el aliento desbocado y una pasta pegajosa en la boca. Hube de desviarme a una tienda diminuta aposentada en una esquina para comprar una botella de agua, que bebí con manos temblorosas. Notaba el sudor empaparme las palmas de las manos, y me enraicé en un movimiento nervioso que consistía en restregar mi mano contra el lateral de mis pantalones oscuros y verdes. Siempre había detestado los tejanos de tonalidades que se alejaran demasiado del azul, pero por alguna razón al estar esperando mi vuelo en la terminal me introduje rápidamente en una tienda de ropa juvenil y terminé con tela rojiza, verdosa y blanca entre los brazos. El viaje era una búsqueda, por lo que debía de responder a ello con una actitud totalmente distinta a la que tenía antes de salir de casa. No se puede encontrar lo desconocido si no cambias tu perspectiva, así que al menos decidí trasladar esa filosofía a mi armario.

     La primera puerta que pretendía atravesar respondió a mi llamada del timbre con más rapidez de la que esperaba. Seguramente mi percepción del tiempo estaba alterada por el nerviosismo que me sacudía el cuerpo y me cerraba el esófago sin clemencia. Mi sorpresa fue tal, que durante unos segundos permanecí con los labios apretados mirando fijamente a la mujer de cabello rojizo que me contemplaba desde el marco. Sólo salía su cabeza por la apertura, y tuve la imagen de una serpiente lánguida con cabezas de distintas mujeres conectadas por un cuello liso y resbaloso en un único cuerpo.

     —¿Qué? —exclamó con un tono violento. 
     —Lo siento —me disculpé con un hilo de voz casi inaudible—. Busco a una persona que tenga el nombre. Me miró con curiosidad. Sus cejas se arquearon con suavidad y creí ver como tensaba la boca. Creí que me había equivocado y sólo estaba consiguiendo parecer una demente cuando desapareció tras la puerta. Oí su voz rasgar el aire. 
     —Ya viene.

      Un agujero se abrió en el suelo y tiró de mí con todas sus fuerzas. Sentí que la fuerza de la caída me arrastraba fuera de mi propio cuerpo, y por un instante era capaz de verme desde el punto de vista de un espectador ajeno por completo a mí. La ligereza me arrastraba con la corriente de aire que venía de las montañas al norte y me sentí tentada de olvidar el propósito de mi viaje y dejarme llevar con el viento, cerrar los ojos y no volver a abrirlos hasta que el vendaval sucumbiese. Por un segundo dudé de mi propósito, de la fuerza que me había arrastrado a través de un océano casi infinito que se extendía de punta a punta del horizonte septentrional.

      —¿Sí?

     Volví de golpe, y aunque no me moví ni un milímetro me sentí tropezar con mi propio cuerpo. No era quien buscaba. La desilusión se dibujó con tinta oscura en mi semblante, aunque quien tenía delante, mostrando una cabellera pelirroja alborotada no pareció preocuparse por ello. Me disculpé agachando la cabeza y salí de allí con rapidez hasta doblar la esquina, donde me dejé caer contra la pared. Quería llorar y romperme allí mismo, rasgarme el pecho y dejar que aquel sentimiento se escurriera entre los arañazos y pintara el pavimento. Inspiré a bocanadas y apreté los ojos intentando no rendirme allí mismo, en aquella esquina solitaria como una chiquilla. Es solo el principio, me decía, no iba a ser fácil, pero no puedo rendirme cuando no llevo ni cinco minutos buscando. Ese pensamiento me tranquilizó, más por evitar herir mi orgullo al sollozar inconsolablemente que por valentía o fuerza de voluntad. El viaje me había mermado de toda fuerza y no había sido consciente de ello hasta encontrarme tan descorazonada por una nimiedad. Debía descansar y recuperar energía, pero sabía que si cerraba los ojos y perdía de vista —aunque fuese por unas horas— las calles desconocidas y el paisaje extranjero y aterido me perdería entre un torbellino de dudas y miedos que no me permitirían continuar. Debía seguir hasta encontrar a quién buscaba o bien caer rendida. 
Toqué mi rostro con las manos cálidas y sudorosas y el contraste con la piel fría y reseca de las mejillas pareció estabilizarme, darme un punto de anclaje sobre el cual sostenerme y recuperar el aliento y el ímpetu perdido. Era prácticamente imposible que le encontrara en la primera puerta que tocara, por lo que tenía que hacerme a la idea de que me encontraría una sucesión de rostros desconocidos que me desanimarían. Esa era la verdad: tenía más probabilidades de fracasar. Si mi única certeza era el fallo, entonces no tenía nada que perder ni que lamentar, y si la buena estrella estaba de mi lado y conseguía encontrarle antes de que acabara el día, o la semana, ya podía darme por servida. Fue mi decisión embarcarme en esta locura, y por ende debía cargar con todo el peso de las consecuencias de mis actos. No podía desandar lo andado. 

     No sabía que tanta gente tuviera el nombre. Rostros desconocidos danzaron uno tras otro, perdiéndose rápidamente en una negrura de facciones y rasgos difuminados. Había perdido la cuenta de cuantas veces había negado con la cabeza mientras me disculpaba, y más que desinflar mis ánimos los mantenían a un nivel estable que me permitía moverme sin flaquear y sin regodearme en unas expectativas que ya sabía imposibles. El anochecer fue lo que marcó el fin de la jornada y me instó a volver al hotel rápidamente. Para proseguir eficazmente debía levantarme antes del alba y salir a la calle cuando el sol aún no despuntara sobre las montañas, o eso me gustaba pensar; era una creencia tan absurda como el pensar que le podía encontrar, pero a base de esas pequeñas certezas sin fundamento estaba erigiendo mis acciones. Era cuestión de tiempo flaquear, sin duda: el mal tiempo, el cansancio, la pérdida del objetivo… había mil y una razones que podía enumerar si me lo proponía que prefería cerrar los ojos a ello y olvidarme. Era la única manera de poder mantenerme a flote, esa era mi verdadera realidad.

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