Thought Mantique: Competición

Bienvenidos


16 de junio, 2019.

El escrito que traigo este mes es algo que brotó de un sueño, en 2015. Entre ese año y el siguiente le di forma, y desde entonces duerme en un cajón. Lo saco a flote como si eso me trajera la vitalidad que busco los domingos por la mañana:
Competición.


Ya sea por accidente o por que me buscabas, agradezco enormemente tu visita y te invito a quedarte en este pequeño rincón.
- TM.
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Competición

Las embarcaciones debían de construirse con los mismos materiales que el mar arrastraba a la costa, la norma indicaba con claridad que los navíos debían de nacer del mismo mar al que iban a destinar su fin. Eso era lo que más me remarcaba el viejo Adhan cuando señalaba, orgulloso y con el pecho henchido, el horizonte donde el mar iba a perderse en la bruma.

El precipicio, que el sentido común dictaría de peligro y tragedia inminente, era utilizado como el punto de reunión para observar el espectáculo. Los edificios de decenas de apartamentos se apelotonaban sobre las cornisas, casi inclinando los balcones sobre el vacío bajo ellos que conducía a los peñascos y la gruesa arena de color parda. Desde allí apuntaba el viejo Adhan a las aguas oscuras mientras intentaba no olvidar ningún detalle del festival que estaba cercano a acontecer. Un animal marino de enormes proporciones, de cuerpo regio y oscuro —fácilmente confundible con el fondo— y salpicado de viejas heridas y cicatrices en las cuales crecía piedra y coral, habitaba en las profundidades. Sus aletas fácilmente median lo que uno de los bloques de viviendas, y su boca, al abrirse, profería un gruñido capaz de destruir todo el cristal a un kilómetro a la redonda. Sus huesos se golpeaban entre sí al moverse, y el eco se escuchaba en las noches más silenciosas del invierno como un ulular lastimero. Era un ser magnífico a la par que terrible, admirado a la par que odiado, y cuya aparición en el horizonte cada diez años era tan bienvenida como temida.

 Al viejo Adhan le brillaban los ojos mientras me relataba los primero avistamientos de aquel ser. Podrían haber surgido constelaciones enteras de las estrellas que titilaban en su mirada de no ser por el velo de la edad que opacaba aquellos ojos grisáceos. Hablaba de los primeros marineros que osaron lanzarse al mar, hablaba del primer gran fracaso, la primera gran muerte que sobrevino a todo aquel que puso un pie en el océano sin cuidarse las espaldas. La tragedia, para el pueblo, no era tanto ya una pérdida dolorosa, sino los cimientos de la tradición y la enseñanza que crecía con cada nueva generación que se aventuraba al océano. Cada niño aprendía que la benevolencia del mar existía sólo en la superficie, que más allá de la arena en la orilla las olas crecían decenas de metros y los picos escarpados del fondo se movían con las mareas para atravesar cualquier ser que se atreviese a cruzar el límite de la playa.

 El relato me atrapaba como una corriente submarina. Cualquier comentario o duda que surgiera en mi mente era rápidamente devorada por las palabras de Adhan y el salitre que nos golpeaba el rostro. Su voz grave y profunda, el eco de las corrientes, las gaviotas en el horizonte, y la voz del mar resonando contra el viento eran una combinación tan perfecta, que deseé permanecer en ese momento lo que me quedara de vida; si me quedase un último aliento de vida, lo exhalaría junto a Adhan, su voz, y el mar.

—Dura de tres a seis semanas, más o menos, incluyendo el tiempo de recolección de materiales y de construcción del navío—me indicó mientras indicaba con la cabeza unos trancos de ancho diámetro descansando en una esquina de la orilla—. Una carrera contra el reloj y contra la muerte. 

Observé con atención la línea costera mientras el viejo Adhan continuaba su historia hablándome de los distintos tipos de navíos y las maneras en las que podían construirse. Me habló de nudos, de cuerdas, de tablones y velas, y aunque el efecto hipnótico de su discurso seguía ejerciendo un amplio poder sobre mí, me vi obligada a desconectar de tanto tecnicismo de marinero. Yo era una persona ajena a todo lo que me explicaba, y por más fascinante que me resultara, me veía abrumada y perdida solo con intentar de imaginar cómo debía mover cada extremo de una cuerda para conseguir algunas de las extrañas ataduras que me describía con el movimiento de sus brazos gruesos y velludos. Era un lobo marino en toda regla, desde su aspecto hasta su voz —sobre todo su carácter— gritaban a los cuatro vientos que se trataba un hombre que había crecido bajo la influencia de los océanos. Así como yo era capaz de percibir su esencia, él debía de adivinar con claridad que yo era, sin lugar a duda, una persona criada y nacida con el cobijo de las grandes ciudades. Era una urbanita en toda regla, y por tanto no acababa de entender por qué el viejo Adhan se tomaba la molestia de explicarme con tanto detalle las costumbres y tradiciones del pueblo. Se deleitaba en sus explicaciones, y paladeaba cada anécdota y cada término como un gourmet un platillo preparado por su chef favorito. Más adelante —mucho más adelante— entendí que la explicación no iba tanto dirigida a mí como a sí mismo. El hecho de poder revivir las tradiciones desde el punto de vista de un profano le permitía volver a enamorarse de una rutina que había englobado su vida desde incluso antes que naciera, formando parte de la vida de sus antepasados y aquellos que les sobrevinieron desde el inicio de los tiempos. La pasión que siente un hombre de mar como el viejo Adhan solo puede explicarse entendiendo que el mismo océano forma parte de su ADN. 

No pregunté si era la primera persona a la que dedicaba tal discurso y enseñanza, pero deduje por su parsimonia y atención al detalle en sus explicaciones que lo más probable era que no fuese ni la primera ni la última. El viejo Adhan era, sin duda alguna, el punto de información favorito tanto de turistas como de lugareños. No lo supe entonces, pero el viejo Adhan se ofrecía voluntario para enseñar a todo aquel que llegara a ese lado de la costa en las costumbres e ideas que se arraigaban en el pueblo. 

 —La competición dura semanas. Es tremendamente ardua, y se pierden incontables valiosas vidas que nunca se recuperarán, vidas queridas y lloradas —me decía, cruzando los brazos por encima de la baranda—. Sin embargo, cada valiente que otorga su vida al mar lo hace a sabiendas que será su único ataúd, el más impredecible de todos. 

—¿Y las familias? 

—Ellos lo aceptan también, claro. Todo hombre o mujer que decide compartir vida con una persona de este tipo sabe que tiene conformarse con un corazón a medias, pues la otra pertenece al océano y sus secretos. 

—Eso es… triste. Melancólico. 

—Es la vida del mar y de quien decide vivir para él. No tiene nada de melancólico, en realidad. Es una vocación, una pasión… una decisión tan intrínseca que se acepta como una verdad absoluta. Es nuestra realidad. 

Asentí, pero no me sentía convencida. Preferí no echar más leña al fuego y dejar que el viejo Adhan pensara que comprendía ese destino fatuo con el que se ataban todos los marineros, más me resultaba algo tan poco veraz e ilógico que mis dudas me persiguieron durante semanas tras aquella conversación. Estirada boca arriba en la cama, cada noche observaba en el techo el reflejo de la luna sobre la superficie del mar y le daba vueltas a todo aquello que me parecía tan incongruente y al viejo Adhan le parecía tan lógico. Era increíble que, estuviese donde estuviese, encontraba un retazo del océano. Quizá era esa una de las razones por las que los marineros acababan enamorándose tanto de las aguas marinas: la exposición a sus efectos era tan prolongada que el mar se volvía algo tan necesario de sentir —de vivir— como el mismo aire sobre la piel. Me pregunté si debía compartir esa teoría con el viejo Adhan, pero acabé convenciéndome de lo contrario: si redujera un sentimiento tan intenso, tan preciado, y tan parte de su identidad se sentiría más bien ofendido ante mi comentario. Como si minimizara la importancia de algo que fuese vital para ellos. Debía ir con cautela, pues, y aunque no compartiera esa emoción tan cándida intentar hacerla mía como una chaqueta en el invierno. Ya llegaría el verano. 

Bajé a la playa sin olvidarme de calzarme las botas gruesas de suela antideslizante. Me sabía una extraña solo por eso, pues todas las personas del mar iban descalzas o bien, llevaban sandalias de esparto o de tela. Consciente de que era tan notoria mi presencia como vestimenta decidí mantenerme lo más al margen posible, mientras observaba desde el linde de la playa a los hombres y mujeres de espaldas anchas y pieles curtidas arrastrar a la arena troncos y piedras empapadas en agua y sal. Escuchaba sus gritos y cánticos, las órdenes de los capitanes de equipo elevarse por encima del ruido del arrastre. Me dirigí hacia el norte, resiguiendo el borde de los acantilados e intentando camuflarme entre otros grupos de turistas y pueblerinos curiosos. Por más que intentara pasar desapercibida, mi condición de recién llegada a la ciudad me convertía en una extraña habitando sus calles. El rumor de mi llegada, incluso del diminuto apartamento que había alquilado se había extendido como el altamar, y aunque en ningún momento hubo recelo ni miradas furtivas de desprecio hacia mí, sí que notaba un murmullo vaporoso que flotaba a mí alrededor, fuese a donde fuese. Ignorando ese mismo hálito de voces provenientes de uno de los grupos, caminé detrás de ellos y continué por uno de los varios senderos tallados en la piedra grisácea del precipicio. Observé los edificios inclinados a varios metros por encima de mi cabeza, extendiendo sus ventanas opacadas por el salitre hacia el mismo mar que las emborronaba. Algunos de los balcones comenzaban a portar sendas decoraciones y guirnaldas de colores en vista de las celebraciones próximas. Las banderas de papel picado ondeaban con la corriente de aire, y los cascabeles comenzaban a emitir un trino continuo. Observé piernas colgar, brazos reposando sobre el pasamanos y algunos rostros encarados hacia la playa. La excitación hervía en cada rincón de la ciudad. 

 El mar parecía de seda azul, casi inmóvil a pesar del fuerte viento que golpeaba al acantilado y me zarandeaba con cada bocanada, casi como si fuesen dos mundos separados por un cristal: uno inalterado y majestuoso, el otro lleno de crispada energía. Intenté adivinar alguna sombra bajo la superficie en calma, ¿estaría allí aquella terrible mole acuática que tantas décadas habían intentado capturar?, ¿sabría lo que le esperaba en el momento que se acercara a la cala y se dejara ver por los pescadores? Si era una batalla centenaria, el escarmiento debería haber enseñado a la criatura a ignorar sus instintos y evitar retornar, ¿no? ¿Qué clase de criatura volvería para enfrentarse a unos seres que buscaban su captura y, posiblemente, aniquilación? Un cordel con listones atados cayó de uno de los balcones y se arremolinó sobre mí antes de ser arrastrado hacia el horizonte. La respuesta a mis preguntas pareció nacer de esa danza vertiginosa y sentí un escalofrío recorrerme la espalda, como si el viento decidiera descender por mi columna utilizando mis vertebras como una carretera de alta velocidad. 

Sólo una criatura que buscara la lucha, el triunfo, o la muerte, sería capaz de volver a enfrentarse a quien sólo le deseaba el mal. 

 · 

Lo que me parecía en un principio un ejercicio de crueldad, estupidez y falta de sentido común comenzó a resultarme cada vez más atrayente, al punto de que por las noches comenzaba a soñar con el festival del mar, con construcciones de barcos y con ballenas gigantes de aletas gruesas y surcadas de cicatrices. Empecé a frecuentar el teleférico del acantilado, que conectaba una punta de la cala con la otra y se detenía a mitad del mar, permitiendo que quienes iban en él pudieran observar la superficie oscura en busca de la criatura que no tardaría en aparecer. El viejo Adhan me lo había señalado con una sonrisa de aventurero que se le clavaba en las mejillas. Decía que era el mejor sitio para contemplar la llegada del ser, y que aquel que lo veía llegar recibía la bendición de vientos favorables durante toda su vida. Él lo vio una vez, hacía más de cincuenta años cuando sólo era un crío que se divertía en el pesquero de su padre. Habían salido a buscar más material con el que fortificar la barcaza con la que el grupo de su padre competiría cuando adivinó una extraña bruma en el horizonte. Se acercó a la proa del barco y entrecerró los ojos intentando que el sol no le cegara. Tardó unos segundos en ver que la niebla era en realidad una fina espuma que cubría una parte de la superficie. Sabía que a cualquier avistamiento debía de avisar a su padre, aunque solo fuese una gaviota, pues todo buen marinero sabía adivinar entre los dibujos del vuelo de las aves el tiempo de la semana y las rutas de los peces, pero se vio totalmente paralizado. Sus dedos apretaron con fuerza la madera del borde y se mordió el interior de las mejillas con fuerza, intentando así mejorar su concentración ante lo que veía. Poco a poco, observó que la espuma se iba moviendo, acercándose. A tan solo unos diez metros de él descubrió por fin un pequeño islote negro y cuarteado que asomaba por entre aquel extraño fenómeno. Se inclinó sobre el reborde y observó como una roca irregular, de bordes afilados y granulosos pasaba por debajo de la barcaza. Estiró el brazo, y aprovechando una de las olas que golpeaban el costado, se inclinó lo suficiente como para poder introducir la mano y tocar con la punta de los dedos aquello que nadaba bajo él. Un gemido pareció vibrar del ente y sacudió la barcaza propulsándole hacia atrás. Cayó de espaldas, pero evitando que la mano que acabase de tocar a la criatura tocase el suelo y perdiera aquella sensación que hacía que le hormigueasen los dedos. Mientras el resto de marineros del barco, incluido su padre, luchaban por recuperar el control de la nave, él permaneció impávido observando su mano. Al llegar a tierra aún conservaba el rostro de añoranza y enajenación, cosa que su padre atribuyó a un mal susto en el agua, y vigiló de llevarle con él en las próximas salidas para evitar que el pavor se apoderara de él. El chico lo agradeció sin palabras, lanzándose al barco el primero y clavando los ojos en la superficie, ante la sorpresa de su padre quien creyó que su remedio había sido sumamente efectivo. Desde entonces todas las incursiones de Adhan en el mar habían sido favorables, y en caso contrario, siempre había salido del apuro. 

Habrá sido el contagio de la festividad, una intención inconsciente de intentar unirme al pueblo que me resultaba tan ajeno o que en realidad tenía un deseo ferviente por la criatura y el festival que había intentado ahogar, pero me encontraba con una exaltación tal que no recordaba un momento antes en mi vida en el que me hubiera sentido con esa energía que me desbordaba del pecho y goteaba por las puntas de mis dedos. Me sentía líquida, un remolino de agua que se alimentaba de las corrientes de los que me rodeaban. Nuestros espíritus en sincronía compartían su dicha. 

 · 

La primera semana había supuesto el jolgorio en el pueblo, los cánticos y rezos, la ingente cantidad de comida que se repartía entre los diversos puestos ambulantes a orillas del acantilado y al borde mismo de la bahía. Todos los navíos se habían turnado para dar una vuelta en solitario para reconocer el terreno —pues aquel ser tendía a cambiar el fondo marino a su antojo, esculpiendo montañas submarinas o arrastrando arrecifes desde otros mares lejanos— e intentar contemplar la silueta oscura que se movía bajo la superficie. Si tenían suerte, la bestia se acercaba lo suficiente y podían contemplar su colosal cuerpo repleto de cicatrices y escamas tan grandes como las propias embarcaciones. 

Quizá fue esa semana definitiva lo que me volvió hacia el mar, llena de un ímpetu que cabalgaba en mi pecho con un brío que me hacía estremecer le susurré al viejo Adhan: «quiero participar». Él sonrió discretamente, mezcla de dicha por verme entusiasmada con sus tradiciones pero con cierto desplante, pues él bien conocía lo que aguardaba a los participantes en las semanas venideras. Se lo repetí, y asintió, suficiente decisión vio en mis ojos que reflejaban el brillo del sol cristalizado en la superficie del océano. Gracias a él, pude unirme con facilidad a uno de los navíos, cuyos marineros y marineras me recibieron con los brazos abiertos y no dudaron en marcar un entrenamiento y enseñanza temible desde el primer día. 

 Decidí no prestar oídos a los rumores del avance de la cacería y centrarme en mi aprendizaje, por lo que mis incursiones en la barca se volvían una experiencia pura, en la que nada que no fuese el momento vivido era anulado por mis sentidos. No oía ni progresos ni desgracias, sólo veía el firmamento, las cuerdas, y una masa oscura bajo nuestro navío. Evitaba acercarme a la costa a no ser que fuese para montarme en nuestra barca, y hacía de oídos sordos a los vecinos y habitantes que comentaban los sucesos del día en las calles y comercios. Usé toda mi fuerza para centrarme únicamente en mi grupo, por lo que no pude ver los avisos de alarma hasta que fue demasiado tarde. 

Cada incursión había sido tranquila, fuera de unos zarandeos, golpes y magulladuras superficiales. Lo peor que nos había ocurrido había sido una muñeca rota, una quemadura por la fricción de la cuerda y un corte por arpón en un antebrazo. Habíamos tenido la buena suerte de estar prácticamente ilesos, y la mala de no haber conseguido casi ningún progreso en nuestra misión. Nos habíamos relajado y acomodado en ese esfuerzo infructuoso, y quizá ese fue nuestro error. 

Tras diversos coletazos más agresivos de lo habitual, decidimos cerrar el día y volver a tierra firme, pues la corriente hacia mar abierto se estaba volviendo demasiado fuerte y el anochecer se cernía sobre nosotros. Las nubes largaban sombras rojizas y en la barca se respiraba una cierta inquietud. No me hacía falta preguntar para saber que el cielo auguraba un mal presagio. Una neblina espesa empezó a arrastrarse desde el interior del océano mientras notábamos el aire entorpecer las velas. Me senté en la parte trasera, viéndome incapaz de aportar nada. Los más experimentados tomaron el relevo del manejo del navío y los novatos como yo nos vimos con las manos vacías y sin función. Uno de los menos experimentados, un chiquillo de trece años me vio y se acercó con lentitud más no consiguió llegar hasta mí. Una enorme aleta surgió del lateral del barco y se lanzó hacia nosotros, golpeándonos de lleno. Veo al jovencito. Parpadeo. Veo agua y rojo. Y luego negro. Pataleé con fuerza y conseguí impulsarme a lo que por suerte adiviné como la superficie. Me golpeé la cabeza contra lo que yo creía que era el cielo negro de una noche demasiado prematura, más con las manos reconocí los tablones de madera lijada del suelo de la barca, ese suelo que ya tantas veces había fregado y rascado a mano. Su tacto amigable me resultó reconfortarme y logró reunir mi consciencia dispersada. Lo que yo creía que era el cielo de la noche era la oscuridad del navío, ahora vuelto del revés y sirviéndome de burbuja de oxígeno. No podía oír mucho más que el chapoteo del agua a mi alrededor mezclándose con el aire tormentoso que me cubría, ¿o era acaso el sonido de mis jadeos más mi vano intento de mantenerme a flote? Cuando conseguí tranquilizarme, sentí las corrientes marinas creadas por la criatura arrastrarme hacia las profundidades en un torbellino de aguas negras y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Me sujeté a una baranda lateral y subí los pies encogiendo el torso hasta casi sacar todo mi cuerpo del agua. ¿Eran gritos lo que oía o las gaviotas del embarcadero? No quería quedarme allí, pero tampoco quería salir y ver qué le había pasado al resto de la tripulación. 

No recuerdo nada entre que decidí que debía moverme hasta que llevaba un par de minutos flotando en medio de la nada y un pequeño barco de salvamento me enfocó con un reflectante de luz mortecina. Debí de haber salido de debajo del barco de mi grupo, mas no recordaba nada. Cuando se lo conté al viejo Adhan me explicó que seguramente me había quedado en shock al ver la bahía silenciosa y los restos del barco. Me cubrieron con una manta áspera y frotaron mis brazos y espalda, arañándome con la tela envejecida. Quería y no quería mirar, y mientras debatía a que parte de mí hacerle caso mis ojos se deslizaron por la superficie del agua de forma automática. Observé cada astilla, las velas infladas, un trozo de las tablas azuladas del espolón, restos de las cuerdas que serpenteaban y se hundían. Un chapoteo se oía en la distancia, y se iba alejando a medida que la criatura y el barco de salvamento ponían distancia entre ambos. 

Debo reconocérselo al viejo Adhan: a pesar de todo, desde que vi la aleta de aquella criatura antes de ser lanzada al mar, he tenido una vida llena de bendiciones. Bendiciones que siempre han tenido algo que ver con el mar del cual ya no sé separarme.

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