Thought Mantique: Antiséptico de Rutinas

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Antiséptico de Rutinas

     Eran de nuevo las dos de la mañana, o al menos eso le quería hacer creer el despertador y su ácido rojo neón que nunca parecía descansar. Ella odiaba aquel aparato, lo odiaba tanto como entrever el sol a través de la persiana y sosegarse ante como los barrotes de sombras se extendían hasta su cuerpo desnudo entre las sábanas. Llevaba un par de horas eternas ahí recostada, mirando el techo y adivinando formas imprecisas en las irregularidades y las goteras. Por costumbre miró a su enemigo y cómplice de la nocturnidad, a la hora en que cada noche le echaba un vistazo para comprobar si realmente el tiempo se había detenido como le profesaban sus manecillas internas e intactas.

    Se levantó sin pensarlo y se vistió con lo primero que encontró, calzándose con unas botas deshilachadas que parecían estar al límite de su materia, y que en una brisa se desintegrarían en motas diminutas. Su mente permanecía en un ronroneo repetitivo y agudo, simulando un televisor sin ninguna señal. El zumbido incesante de unos pensamientos incoherentes y casi inexistentes le embotó los sentidos, de tal manera que se vio a sí misma como un autómata más que cumple la función para la cual fue programado. Pies, manos, articulaciones, flexión y extensión… pequeños gestos tan unidos que parecía un todo contrapuesto a un cuerpo menudo y esmirriado, tan pálido como el invierno antártico.

     El susurro ruidoso que hacía a sus sienes gemir se silenció abruptamente tras la primera voluta de vaho que escapó de sus labios amoratados. Miro atenta los vestigios de un suspiro retenido demasiado tiempo disiparse en el aire de la noche. La calle parecía desierta para aquel que deseaba rehuir y esconderse entre cuatro paredes abombadas, pero estaba repleta para alguien de mirada tan gélida como ella. Un escalofrío le hizo estremecer su espina dorsal en cadena, atando al mismo tiempo los pensamientos de una frase que parecía flotar en el aire.

     Es demasiado temprano, se dijo entrecerrando los ojos.

     Sus pies empezaron a andar mecánicamente, mientras el cabello oscuro se anudaba alrededor de su nuca. Las calles se sentían una coraza protectora que la instaba a seguir andando, a caminar aún más allá de lo que le dictaba la lógica. Mente en blanco y alma en gris se dejaba arrastrar por las arterias adormecidas, sintiéndose más plomo que pluma a pesar de que las ráfagas de la madrugada corrían de su parte. Vio la vida nocturna a la que la gente de bien cierra sus pesados parpados e ignora como si eso fuera suficiente para hacer desaparecer la mezquindad de sus vidas. Porque había algo más que un mendigo dormitando en el parque y una prostituta pavoneándose en cada esquina, había sueños rotos y vidas perdidas en la turbulencia de un mundo que pesaba demasiado. Tanto, que ella sentía esos efectos de ahogo en sus propios pulmones. Pero era la noche el único antiséptico a la infección diurna, la única cura ante el mal de la hipocresía y la mentira, y la única mano capaz de eliminar la venda de los ojos del cobarde. Intercambiaba la fugacidad de un parpadeo con los mismos seres oscuros que se atrevían a asomar el rostro mísero por los callejones. De pupila a pupila la conexión vacua de un extraño se transformaba en un impulso eléctrico que erizaba la piel, porque ahí había tanta simbiosis mezclada entre pestaña y pestaña que cualquiera era capaz de verse reflejado, de verse a sí mismo caminando por las calles en una noche de huracanado viento helado en busca de algo que ni siquiera conocía. La tragedia es de valientes, pero lo es más a uno el reconocer la desgracia en cuerpos ajenos, y asentir como dos cómplices del mismo martirio. Así ella, como cada noche, se escabulló de la terrible comodidad y falsa seguridad que unas paredes paralelas prometen otorgar y huyó hacia el amarilleado de las farolas y el humeante vapor nauseabundo que escala por las alcantarillas. Y como cada noche, asintió como un galante caballero a cualquiera que presentara los mismos signos de fatiga vital que le aterían. Caminó con el crujido de sus rodillas machacadas y el vaivén de su cuerpo menudo que no se dejaba aún engullir por el manto opaco que le cubría. Aún quizá había algo de esperanza en germinación dentro de ella, aún quizá había la espera de que algo pudiera cambiar. El ser ilusos es tan intrínseco en la naturaleza humana como el respirar aunque el aire sea homicida.

     El firmamento empezó a palidecer y a cambiar su vestido de gala. Sus pasos se hicieron temerosos y ágiles en busca de aquel edificio enclenque que desconocía como sobrevivía entre tanta carcoma y podredumbre. El pomo se le antojo un hierro incandescente que le descongelaba las articulaciones agarrotadas: un dolor con una secuela de bienestar. La puerta cerrada hizo eco tras ella con un pensamiento que se escabulló y llenó la estancia vacía. No es tan tarde aún, se murmuró, y su propia voz resultó extraña y enajenada, una reverberación más del final de un día que parecía ser un eterno punto y aparte. Se desvistió en el camino al colchón desvaído del suelo, exhibiendo su desnudez al gris concreto de las paredes, casi insultando a las persianas que empezaban a dejar traspasar el amanecer sangrante. Se dejó convencer por las sábanas para envolverse en su aspereza, sintiendo más arañazos en las costillas al respirar. Miró los haces rojizos que empezaban a serpentear en un intento de lacerar su piel traslúcida, y se encogió aún más. Cerró los ojos, y los sueños no llegaron, como cada noche y cada madrugada.

2 comentarios :

  1. Me gusta cómo describes las noches y el amanecer, con tus diferentes personajes.

    Por cierto, al final el blog te quedó genial, muy profesional.

    ¡Besos!

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  2. Me alegra saber que te gusta :), es un momento del día atrayente, a veces demasiado.
    ¡Pues gracias a ti por la ayuda con lo del blog! No me dices nada y se queda ésto a medias :)
    ¡Un abrazo!

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